La Nueva Normalidad Interior

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En este año extraño y lleno de desafíos vitales, seguimos en el entrenamiento exhaustivo en sostener la incertidumbre y sostenernos a nosotras mismas en esta falta de certezas y falta de control.

Los intentos por adaptarnos a la Nueva Normalidad están trayendo muchos sentimientos de impotencia, indefensión, inadecuación, bloqueo, frustración, irritabilidad, crispación, rabia, más miedo, vergüenza, culpa, resistencias y negación, desconexión, dificultad para tomar decisiones y avanzar o decisiones en automático para mejor no pensar, para aprovechar mientras nos dejen.

También tristeza por las enormes diferentes pérdidas que estamos viviendo, por los diferentes duelos en los que todas y todos, de una manera u otra, estamos inmersos.

 

Cuando el contexto externo es tan incierto y tan impredecible, más que nunca tenemos la oportunidad de fortalecer nuestros propios recursos internos y psicosociales,
cuando no tenemos capacidad para influir y modificar lo externo,
siempre podemos trabajar en la manera en la que vivimos esa realidad, en la manera en la que nos relacionamos y llegamos al encuentro con las y los demás,
con lo que nos decimos a nosotras mismas, lo que nos hace sentir,
cómo nos relacionamos con lo que la realidad ES,
lo que las relaciones SON,
lo que cada una de nosotras SOMOS.

La nueva normalidad de quien SOY. Porque quien era antes, cómo me tomaba las cosas y lo que pretendía hacer con ellas, ya no vale.

Necesitamos ir creando una nueva normalidad interior.

 

Así que tenemos una oportunidad para repensar y replantearnos los valores que están guiando nuestros días,
nuestras relaciones (personales, de pareja, familiares, de apoyo mutuo, laborales…)
los cuidados y autocuidados,
nuestro consumo,
la crianza,
la educación (la académica y la vital),
la relación con nuestro cuerpo y la gestión de nuestra salud…
replantearnos, repensarnos, (re)sentirnos y posicionarnos de manera que podamos conseguir mayores cuotas de responsabilidad (habilidad para responder) y de libertad,
en este contexto donde encontrar nuestras propias respuestas (y vivir en coherencia con ellas) se presenta como un desafío aún mayor.

 

Detenerme para escucharme,
respirar, observarme, entregarme a las sensaciones y los sentidos,
identificar mi sentir y mis necesidades (las que conectan con mi verdad más honesta, no las que voy tratando de satisfacer cotidianamente en automático),
bajar el volumen del ruido mental, de los miedos, presiones y deberías (propios y especialmente los ajenos para no dejarme contagiar).
Bajar el volumen de los futuribles mentales para poder conectar con el cuerpo, con el ritmo del aquí y el ahora,
y desde ahí, desde mi verdad y el sentir de mi cuerpo como brújula, ir estando en mi día a día.

Transitar con creatividad y presencia lo que el día me depare. Mimando lo básico, cuidando y valorando lo cotidiano. Poniendo en valor el acto de colosal soberanía que es tomar decisiones conscientemente sobre el ritmo diario, sobre el cuidado o el des-cuidado de la salud, de las relaciones, de la vitalidad. Ser la Autoridad suprema de mi vida y de mi cuerpo.

Es la soberanía del cotidiano.
Y esto, lo personal, lo cotidiano, ya sabemos que es tremendamente político. Soberanas de nuestros proyectos vitales, con el foco de poder dentro (no fuera), formamos parte de una transformAcción colectiva, una siembra de reEvolución imparable en marcha.

Lo viejo debe ser apartado para que lo nuevo pueda florecer, nos dice Kali, Diosa de los ciclos de destrucción y regeneración.

Más que nunca es tiempo de atender la sabiduría cíclica. Los ciclos vida-muerte-vida de los que nos habla Clarissa Pínkola Estés en su libro Mujeres que corren con los lobos:

Tenemos capacidad para infundir energía y fortalecer la vida y también para apartarnos del camino de lo que se muere dentro de nosotras. Apartarnos de todo aquello que ya no nos sirve, que ya no somos, de todo aquello que ya no es presente.

 

Cuando todo va tan deprisa afuera, cuando todo resulta tan impredecible y no hay certezas que den forma a una rutina, a un ritmo que aporte seguridad y estructura, es urgente encontrar espacios seguros internos, en calma, recuperar la capacidad de estar presentes. De Estar y SER.

Detenernos, fortalecer la lentitud interna, apartarnos de la prisa y las decisiones por inercia, en automático.

Quedarnos quietas, observar, sentir, ampliar la escucha, agudizar instintos e intuición, en lugar de tratar de hacer más, de esforzarnos más, de querer llegar a más, de correr más. En lugar de tratar de solucionar, resolver, negar, tapar, rechazar, comprar y rellenar.

Detenernos. Respirar. Vaciarnos. Permanecer.

Y entonces, darnos cuenta de la experiencia, de las interrupciones del contacto, de la complejidad y la dificultad de sostenernos en esta quietud.

Habitualmente aparece una in-quietud, algún malestar, que nos impide entrar en este espacio de presencia. De quedarnos con nosotras mismas.

 

¿Qué aparece cuando tú te detienes a estar presente contigo, en ti?

¿Qué malestares? ¿Qué emociones? ¿qué inseguridades? ¿Qué anhelos?

¿Qué tienes que soltar, dejar morir de ti para que aflore una nueva normalidad interior?

 

Deseo de corazón que aparezca lo aparezca, puedas acogerlo y abrazarlo para transitarlo.

 

 

 

Imagen: Cristina Conti

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